Quizás a estas alturas ya debería haberme cansado de repetir el mismo sonsonete inútil de recordarte, es decir ya han pasado casi 4 meses tras los cuales mi memoria debería haber hecho un trabajo más o menos decente, pero en fin como verás (no es cierto nunca ves ni verás lo que de ti escribo) heme aquí sentada frente a una pantalla de nuevo saboreando tus memorias. En estos día me he puesto de una melancolía inaguantable, lapsos en los cuales cual suicida masoquista coloco en la laptop aquellas canciones que por primera vez conocí gracias a ti, las escucho y se dibujan en mi mente las estampas soleadas de aquellos día que convivimos juntos como hermano, tu risa y la simpleza de ciertas cosas que por su sencillez nos hacían felices (o al menos eso supongo) el sol, las cortinas, el suave vaivén de los árboles apostados a la ventana en aquel segundo piso, el olor del café con leche, el sonido de tu lápiz rozando las hojas blancas, mientras transcribías tus apuntes o hacías algún elaborado problema de química.
Aquella sensación de protección y hermandad que mi mente rememora con anhelo, la sombre ácida de las elucubraciones más estúpidas que pude escuchar de ti: " Es que siento que me quieres más que como amigo".
Aquel agujero en el estómago que nada tenía que ver con el hambre ni mi gastritis crónica, ese frío y esa puñalada invisible que sentí por la espalda. Me traicionabas.
Algo de humo gris me acompaño esos días, fumé como nunca saboreando la nicotina y el tabaco en cada bocanada, mientra sorbía lentamente algo que trataba de semejarse al vodka. Curiosamente todas las declaraciones posibles, habidas y por haber nunca salieron de tu boca, nunca vi tus labios abrirse para decírmelas, las oí en lenguas ajenas, con palabras metamorfoseadas que escindieron más mi ya destruida confianza.
Yo fui la que armada de un valor falso, de frases cortas y disculpas que sinceramente, ahora sé que no merecías, te abrí la puerta, ¿para que? para que me saliera yo. Nos volvimos extraños mientras yo empacaba poco a poco lo que decidí llevarme, solo lo mío, porque aquello que compartimos te lo dejé, no quería cargar de más, acomodé cosas en cajas de cartón, doble sábanas, guarde mi ropa, y con el pasar de las horas traté de odiarte o al menos de no añorarte antes de partir. Algo de música auto destructiva para entrar en ambiente, quizás un cigarro más y unas fotos que no me atreví a tirar a la basura. La amistad que había entre los dos la vi escapar esa mima mañana por la ventana, herida y espinada por tantas dudas, tras ellas partió mi confianza atada a una de sus piernas, y el cariño se disolvió más tarde en un lechero doble carga con cierta dosis de lágrimas y maldiciones.
La cuenta regresiva sigue implacable y la misma pregunta flota sobre mí ¿terminará el año y seguiremos siendo extraños?
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