Ha comenzado a llover otra vez, afuera se escuchan el ¡plip! ¡Plop! del agua, la lluvia cae impertinente sobre el techo y se desliza juguetona entre los cristales de las ventanas, corre en forma de riachuelos que arrastran consigo, tierra y polvo, recuerdos y añoranzas.
Recuerdo aquella tarde que la vi, aquella vez que al igual que hoy la lluvia parecía estar conspirando en contra mía, ¿qué porqué? pues porque cada vez que me toca trabajar turno doble llueve, pero no una lluvia inocente de chipi chipi infantil y tierno, No, sino una lluvia torrencial, de esas que dan la impresión de que Tláloc aun anda por ahí pululando... ehm pero creo que me he ido por otro lado ¿no?... les estaba hablando de aquel día que la vi, Oh! si ya recuerdo, ese día el local estaba prácticamente vacío a no ser por uno que otro colado que pasaba a guarecerse sin si quiera dejar propina por el refugio dado. Fue aquel sábado de noviembre que la conocí, llego traída por una leve ráfaga de viento que se coló cuando ella con manos ágiles aparto la puerta y se deslizó juguetona al interior.
Percibí su perfume cálido y dulce, vi su figura bajo los pliegues de aquella gabardina gris. Y entonces sentí como entraba, pero no al negocio, sino a todo mi ser. La sentí entrar sin apenas prevenirme, abriendo puertas que desde hacía tiempo estaban cerradas, se dejó venir sin precaución causando revuelo, desordenando mi interior, como un remolino, como un terremoto. Vi sus ojos color miel y los sentí clavarse en mi corazón, sentí su risa, su cara, su cabello estrangulando todas las penas que en aquel momento estaban recluidas en mi alma. Escuché sus pasos acercarse cada vez más a la barra, sentí una fuerza gravitatoria que me llamaba hacia ella, y casi morí de alegría cuando esbozó una sonrisa frágil de cristal y con voz angelical exclamó:
-Buenas tardes... oye ¿me das un lechero doble carga por favor?
Yo estaba en shock, estaba impactado, acababa de ser atropellado por la hermosura de aquel ensueño hecho mujer, mis ojos estaban fijos en ella y de mi boca no salía ningún sonido
-Oye... ¿estás bien?
Necesitaba hablar, lo necesitaba, quería preguntarle su nombre, saber de ella, quería decirle cuan bella era, abrí mis labios y con un tartamudeo recién adquirido repliqué
-Cla claro... Co, co, con leche de, de, descremada o Light
Ella advirtió mi nerviosismo, sonrió desplegando una mueca que me pareció de compasión y ternura, se río par sí misma y dijo:
-Descremada estaría bien...
Camine robóticamente hasta la máquina de café y comencé a prepararlo, escogí secretamente el mejor vaso, abrí un paquete nuevo de café pese a que había ya uno a medias, y cuidé que el agua y la leche estuviesen a temperatura perfecta. Coloque el vaso en uno de esos platitos conmemorativos y a lado de cortesía de mi
bolsillo puse una galletas de chocolate propiedad del jefe.
-A, a, aquí tienes...
Extendí la mano para ofrecerle lo que había pedido, lo tomó con manos suaves y de inmediato llevo aquello a sus boca, entonces fue que desee ser café, desee con todas mis fuerzas, ser aquel líquido para que tal como lo estaba haciendo ahora me tocara con sus labios, quería sentirlos, quería que me tocaran co aquella sonrosada piel, con aquel vaho de flores. Envidié aquel café, lo envidié como si se tratase de algo vivo, a aquel vaso, y a aquella cuchara, los envidié porque ellos podían sentirla, porque estaban a merced de sus dedos, de sus manos, de su boca y yo sin embargo estaba ahí solo contemplando.
No sé cuánto tiempo pasó, hasta que me percaté de que ella había vaciado por completo el vaso, y entonces sentí una punzada en el corazón, sabía lo que aquello significaba, sabía que terminado el café ella debía marcharse, al menos eso era lo que indicaba el protocolo.
Y entonces aquella ponzoñosa envidia hacia el café se tornó en una desesperada ansia de que permaneciera intacto, desee que aquel vaso se volviese a llenar y que nunca se vaciara, quise que aquel café fuese eterno, inacabable, al igual que esto que estaba sintiendo ahora.
-Muy buen café... estaba muy rico
-Eh?... gra, gracias...
-Oye mira ha dejado ya de llover... vaya que bien
Entonces me di cuenta de que era cierto, el cielo habíase despejado, y las nubes grises que antes tapizaban el cielo ahora daban paso a un firmamento límpido y azul. Odie a Tláloc de nuevo, ahora por no dejar que siguiera lloviendo, lo odie.
Vi como se alejaba, vi como se levantaba de la silla y caminaba con paso ligero dejando tras ella una estela de fragante aroma, mientras sus cabellos se removían al compás de sus pasos, vi su silueta perfecta de hada enmarcada por la luz del sol que de nuevo empezaba a colarse, la vi alejarse y decirme adiós con la mano.
¡Demonios, demonios demonios!, no le pregunté su nombre... que tonto soy, me maldije a mi mismo miles de veces durante el resto del día, durante los siguientes días y las consecuentes semanas. Mientras a punta de lápiz y papel cada noche intentaba que no se me borrara de mi cabeza, intentaba hallarla en todo, en la brisa de la tarde, en el olor de café recién hecho, en el perfume de las flore, en mis ojos cuando me veía al espejo todas las mañanas, la había encontrado y no quería perderla, no quería perderla pese a que nunca fue mía.
Y ahora estoy aquí sentado, recordándola, rememorándola bajo esta lluvia, rogándole al dios de la lluvia que con su llanto me la regrese, que tras las corrientes, los charcos y la humedad venga ella con su perfume, con sus ojos de miel, con su cabello de oro.
-Ahhhh maldito Tláloc deja ya de joder...
Exclamo con un aire pesado y triste, esta deidad nomás trae lluvia, y no me la regresa a ella, ¿Por qué caramba? ¿Por qué?
Entonces en medio de mi locura, en medio de esta desesperación causada por aquella ninfa de agua, comienzo a decir una letanía insulsa y demente, comienzo a dirigirme a aquel que hace llover:
-Tráela de nuevo por favor, tráela, Tláloc y prometo comprar una imagen tuya lo prometo, pero por favor tráela de vuelta...
Mi discurso infantil se pierde entre los sollozos desesperados de mi desgracia, me siento desolado, derrotado, vacío y estúpido, porque sé que aunque lloviesen mares ella no volverá, no volverá.
Veo el reloj marcando casi las 7, mi turno ha terminado, me limpio los ojos y comienzo a quitarme el mandil y la gorra, me volteo y comienzo a acomodar los vasos, las cucharas. De pronto salida de algún rincón escucho una voz celestial que me suena familiar diciendo
-Hola Oye... me das un lechero doble carga por favor
Sonrío para mí mismo y pienso
"Demonios donde venderán estatuas de Tláloc"
Fotografía "Dosis perfecta" D.R Sofía Julissa Flores Marín Octubre 2011

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